Agónicas

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«El camino de la verdad solo está abierto para el que carece de intenciones» Agónicas son las horas de un ser humano cuando sabe que la amenaza está exenta de condiciones y puede volver a causarle un daño irreparable. Los que dicen saber la verdad son los más ignorantes y el conocimiento al que arañan para hacerse notar es tan burdo que se están retratando en cada palabra, en cada gesto y en todas las decisiones que desean llevar a cabo. Nada importa si a tí es al que han violado y vives a escasas calles de tu violador. La agonía de tantas personas que han visto truncada su libertad y que hoy con la ley «sólo sí es sí» nos remite a los ancestros de una sociedad enfermiza y decadente donde los condenados gozan de favores y las víctimas deben seguir tras la ventana por miedo a que vuelvana hacerles deño. Quién redime todo ese mal que hoy se juzga pero que muy pocos se han levantado frente al Ministerio de Igualdad para arrancarle una disculpa y la revocación de dicha ley tan nefasta a la señora ministra? Nadie, tristemente nadie es capaz de hacer propio, aunque sólo sea por dignidad, una reivindicación a favor del cumplimiento total de las penas. Se ha perdido mucho en este camino. Demasiadas mujeres asesinadas, miles de niños que han sido violados y jamás hemos visto a aquellos que promulgan esas leyes retorcidas y purulentas estar a la altura de las circunstancias. Desgranando improperios, exaltando la soberbia y declinando en gestos y actitudes dictatoriales como baza ante su ingonancia. Horas agónicas y decisiones enfrentadas que ya se desparraman en nuestra sociedad como aguas residuales en un tiempo de convulsión y zozobra. Pero en este camino las intenciones sí están a la vista.

Sin compromiso

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Llegar al límite de nuestra manera de mirar nos hace conspirar con lo que realmente importa. Todo sucede por algo y nada se escapa esa evasión sin fronteras que nos impulsa a mirar a ese límite que nos separa y también que nos acerca a nuevas experiencias. Carente de todo compromiso el mar se abre a nuestros ojos y aunque las barreras del tiempo y del especio se confabulen con él para hacernos inaccesible ese momento lo que realmente importa es acariciar con suma delicadeza el instante. Sin compromiso el mar nos brinda su magnificencia y también su respetabilidad haciéndo de nosotros los guardianes de un tiempo, de un instante y de un recuerdo que quedará grabado en nuestra retina para siempre. Y sin pedirnos nada a cambio porque ese enorme momento de trascendencia hasta el límite de nuestra mirada no tiene precio. A cada paso de nuestro caminar está vinculado el compromiso de ser cada uno y comportarnos adecuadamente con la verdadera belleza del paisaje y en la medida de lo posible suscribiendo nuestro respeto y admiración por ella.

Buscar lo que aún no existe

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Avanzamos con pasos de gigante sin apenas darnos cuenta. Las prisas no son buenas consejeras y cuando ya tenemos encima esa toma de decisiones nos encojemos de hombros e intentamos pasar inadvertidos. Pero este proceso deja huella y a veces muy dolorosa ya que en esos momentos de «querer llegar antes» que los demás echamos por tierra los pequeños detalles que conforman nuestro proyecto. Deseamos a toda costa descifrar muchos de los estadios que poco a poco van diseñando nuestra vida, nuestra actitud con los demás y también nuestro proceso biológico para intentar atar esa eterna juventud, o ese caudal de bienestar que nos hacen sentirnos más seguros. ¿De qué? Todo lleva su proceso y también su sabia evolución y aunque no nos guste está ahí aunque nos resistamos a vivirlo y a creerlo. Buscar lo que no existe es una manera de perder el tiempo porque lo que tiene que llegar llegará en su momento nos guste o no. Cuando llegué a esa curva del camino jamás hubiese pensado que esa cascada de luz dorada se rindiese a mis ojos. Aún así las abejas y las mariposas que sobre sus flores saciaban su apetito me permitieron pasar. No lo sabía y tampoco intenté buscar algo así. Ahora recuerdo que todo, por muy ansiosos que estemos en llegar, no sucederá hasta que tenga que suceder.

Hungersteine, piedras del hambre

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Estas rocas en el lecho de los ríos son como los mensajeros que nos anuncian la catástrofe a la que se encamina Europa. Llamadas «Hungersteiene» o piedras del hambre se trata de un tipo demarcador del nivel de las aguas en Europa Central. Sirviendo como señales de épocas de sequía, monumentos y también advertencias de hambrunas en Alemania y lugares poblados por toda Europa durante los siglos XV y XIX. Actualmente además de la escasez de agua por la sequía debida al cámbio climático también comienzan a presentarse problemas para el transporte fluvial. Sequía y bajo nivel de las aguas representan una amenaza ecológica sin precedentes ya que todo el centro de Europa se nutre de dichos métodos de transporte para luego abrirse al mar. Sumergidos ya en la contaminación tóxica, altos grados de temperatura del agua y el bajo nivel de los ríos se presagian malos tiempos para el hombre. La «piedras del hambre» solamente son visibles cuando el nivel de las aguas es muy bajo y nos alertan de que algo no va bien. La inscripción más antígua fué encontrada en el cauce del río Elba y data del año 1616, rubicada con la expresión «si me ves llora». Momentos de ser conscientes de lo que tenemos delante porque el no retorno se ve muy difícil y la actitud del hombre, dando prioridad siempre a él mismo y sus intereses, nos empuja a ello. Por otro lado siempre hay que perseverar en la esperanza y ya hay algunos que predicen que la vida volverá a florecer una vez que esas piedras desaparezcan.

En 2018 Greenpeace colocó una piedra del hambre en el lecho del río Elba con una inscripción que reza: «Si me ves el cambio climático ha llegado»

Antes de mañana

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El castaño sacudirá nuevamente sus ramas dejando caer el preciado fruto. Los senderos y caminos buscan el frescor de la lluvia en un otoño casi veraniego que ya nos agobia. Pero todo volverá porque nada es lo que es y lo estamos comprobando día a día. En el deambular de este mundo un tanto distinto nada nos llega a sorprender más que la incierta evolución de las estaciones y la locura adversa de los que intentan frenar el proceso del tiempo. Nos hemos equivocado, sí, y aún sabiéndolo seguimos como ausentes en el ir y venir de nuestros caprichos un tanto exagerados que minan muchas de las riquezas que nos han sido otorgadas. El castaño seguirá ahí contemplando la llanura del valle con su pespuntar de nuevas especies y con el remontar de más otoños. El fruto está ya casi listo para saborerar. La lumbre está preparada y el regocijo de quienes cada año se reúnen frente a las brasas compañando el momento con el buen vino recién descorchado para sentir el humo elevarse hasta un cielo repleto de estrellas del mes de noviembre.