
Estamos asistiendo a una campaña electoral sin precedentes. Con uñas y dientes se intenta atrapar el mejor de los mordiscos para hacerse con el pastel. ¿De qué vamos señores? Ya no somos civilizados, ni respetuosos sino más bien diría yo, vamos de irreverentes, antisociales, burlescos y despreciables. Parecemos un mercado sin ley donde nadie se aparta e incluso te pone la zancadilla para que te caigas. Las mentiras fluyen de boca en boca y saber guardar el tipo es lo que menos importa a la hora de conquistar una papeleta a favor. Somos o nos hemos vuelo tan necios que para doblegarnos a nuestros semejantes vamos ya con las armas cargadas. Ni un ratón (con perdón de roedor) estaría tan bajo y sucio como lo están esos «hombres de acero» deteriorándose como condición humana. Los famosos Black Friday han sido el abastecimientos para adquirir armas con la facilidad de comprar calcetines. ¿En qué nos hemos convertido? Europa tiene ahora mismo más controles antiterroristas que bombillas de Navidad, mientras en las fronteras siguen llegan gentes asustadas y moribundas en busca de asilo. El valor de las cosas se escapa a nuestro interés más elevado por el daño y la destrucción que, a la larga, nos la estamos haciendo a notros y a nuestros descendientes. El egoísmo y el silencio sellan puertas y ventanas de una misma nación, de una misma familia. La podredumbre humana de hoy deambula por nuestras vidas. Películas que nos advierten de un problema a la vez nos disturban frente a la cordura y la legitimación de los derechos de los hombres, los animales, de la naturaleza, ya que ésta también tiene sus derechos y poco los respetamos. Buscar en esa arista de la verdad y del compromiso un estado donde los hombres de acero se conviertan en hombres mensajeros, humanos, laboriosos y menos rapaces. Todos merecemos un mundo mejor, pero si nuestra existencia se destruye con el odio, la avaricia y los celos será mejor no volver a mirar atrás, por lo hablemos perdido todo.