
Malhumorado nos observa el Teide cuando atravesamos la canícula de agosto. Desde su balcón sobre el valle y frente a la corona forestal que le circunda. Vivir observada frente a un gigante es poder encontrar la naturaleza sabia de las cosas que en su pequeñez lo abarca todo y en su magnificencia crean caminos y encuentras misterior. El silencio te envuelve también y el la brisa juega con tus pies misentras tue amaneceres de forma triangular disipan parte de las sombras de un cielo estrellado. Y con cada ocaso engaña nuestra mirada a modo de chistera que engulle sabiduría, ilusión y vertientes de luz bajo las galaxias.






















