
Allí, a nuestros pies confluían los tres elementos. En una calurosa mañana de agosto donde los días se alargan y las noches se zambullen entre las «lagrimas de S. Lorenzo». Aún queda por descubrir el misterio de ese mar, de ese cielo y de esa tierra que nos acuna y envuelve. El viento lo atrapamos con los parques eólicos porque de nuestras manos se escapa igual que la vida. Azul océano y gris tierra que en su árida silueta nos confunde y nos destroza a medida que nuestros pies tratan de conquistarla. Nada es lo que parece pero al parecer todo y mucho más nos compete a la hora de cuidar de nuestro planeta. Por lo demás ya no todo está dicho pues los interrogantes se suceden y aunque el hombre crea tener la solución siempre habrá un guiño que nos haga poner los pies en la tierra y someternos a sus variopintas normas. Aún así seguiremos siendo sus discípulos.