
La palmera observa en lontananza como si tratase de retener ese instante gris del cambio. Hasta ayer todo era luz y ahora se oscurece frente a un mar malhumorado y sutil que se empeña en agrupar todos los recuerdos de aquel verano sin fin. Tiempo de lluvia y también de resaca placentera en la que rascamos esos días de cálida presencia otoñal que no se decidían a abandonarnos. Y ahí estaba la palmera, la única de ese instante en una tarde cualquiera de la costa de Martiánez. Porque en los instantes se encuentran lo que de una manera dilatada no somos capaces de apreciar. Sin embargo, y a lo lejos, hay y habrán demasiados instantes de dolor que en el devenir de los tiempos nos harán cómplices de las decisiones erróneas que el hombre comete por su ansia de poder. Mirar a un lado no es de valientes y justificarse con el poder es de necios. Mañana la palmera seguirá mirando al mar y ya nada justificará la acción del hombre frente al hombre.