
Nos hemos acostumbrado a ponernos el antifaz cuando salimos de casa. Lo envolvente, lo natural, lo innato que cada día más queda en un segundo plano porque hemos perdido algo tan importante como la seguridad en nosotros mismos. Siempre está «el que dirán o cómo me verán». Cada vez cuestionamos más nuestra singular manera de ser y nos adoctrinamos en el programa que nos condiciona terminando por ser marionetas en una cuerda interminable. Todos quieren ser como aquel y apenas nos hemos visto tal y como somos. Podríamos llevarnos una sorpresa al descubrir que «aquel/aquella» no nos llegan ni a la punta de los zapatos. ¿Por qué? La belleza está en lo distinto y no en esa apretada comunidad que todos diseñamos a diario para sentirnos bien aunque seamos los más infelices del universo. Hoy todo se compra con dinero. Hasta la belleza, la mentira, el odio y el poder son los estandartes en los que se apoya este mundo. Los que nada tienen que perder quedan relegados y olvidados pero aquellos que creen siempre estar en poder de la verdad son los más infelices de la tierra. La vida es puro teatro y seguirá así mientras haya mundo porque de la sinrazón se alimentan las fieras y se construyen templos de barro que terminan por caerse.