
Un auspicio es un anuncio, una señal de lo que puede suceder en el futuro. En el feudalismo los vasallos vivían doblegando sus cabezas y manteniéndose fieles a su señor. Dicha forma de organización política y social de la Edad Media jamás se ha extinguido y es ahora cuando la reconocemos de cerca aquellos que conceden un feudo a cambio de unos servicios determinados. Ofreciendo esa vida mejor, creando mundos y condiciones sociales oníricas, sin base alguna y siempre y cuando se les obedezca. Amordazando la palabra y procurando que nada se sepa de los entresijos de sus acciones. Todos mienten menos el señor feudal, el «amo» que hace de la mentira su dogma y de sus ideas y actitudes la verdadera razón para mantenerse en su castillo. Auspiciamos nuevos y tortuosos futuros en ésta y en la otra tierra porque no hay valientes que se enfrenten a ellos. Todo lo basamos en el ahora cuando los derechos ya han sido defenestrados por los gobiernos. Cumbres a las que jamás han sido capaces de escalar por sus propios medios y siempre se han valido de los vasallos, del pueblo. Trashumancia monetaria mediante la cual desangran a sus países haciéndolos cada vez más pobres. Leyes truqueadas y poderes públicos comprados con el propósito de que nada ni nadie les lleve la contraria. ¿Qué estamos haciendo? Somos cómplices de este feudalismo por el mero hecho de no apartarnos de nuestro confort (por ahora). Los auspicios traen tormentas y los confortes desasosiego. Al final quedaremos lamentando nuestras desgracias.