
Es un buen lugar siempre que nuestro trabajo sea legal y nuestro esfuerzo sea el oportuno. Ya se acabaron las edades en las que al grito del «amo» había que salir corriendo a rendirle pleitesía. Hoy es bien distinto y aunque tachen a muchos de rebeldes, más rebeldes deberían de salir a la calle a decir verdades y a demostrar que el lacayo fue desterrado de nuestra sociedad hace muchos años. Ser el primero, tanto de la fila como de cualquier ente público o privado es una razón de orgullo siempre y cuando no se trate de revanchas, hedonismos o niveles sociales. Hay que ser bien tonto para creerse lo que uno no es y echarle la culpa de sus fracasos al que se enfrenta sin miedo. Muchas son las verdades que esconden los que dicen creerse invencibles pero jamás intentan demostrar el camino que han utilizado para llegar a donde han llegado. El «y tú más» se ha convertido en el comodín frágil y sucio de no saber qué hacer ni qué decir. El primero de la fila sabe lo que hace y lo que compone, pero existen otros número 1 que solo saben descomponer la ley, la democracia y la evolución de un país. Están tan desnudos que apenas sienten el suelo donde pisan. Se han quedado convertidos en sombras de su propio sueño devastador.