
Observando al niño, al adolescente y a quienes se sienten traicionados por los regímenes políticos sin apenas entender el por qué de tanta ansia de destrucción, es el caldo de cultico de unas generaciones que crecen en el odio y la venganza. ¿Cuántas veces vemos esas miradas perdidas de aquellos que no tomando parte de un conflicto ya se educan en el mismo conflicto sin quererlo. Las granjas de venganza son la antesala de la producción de más odio y venganza. Matar, destruir es el código que marca el avance de una humanidad desnortada y carente de futuro donde la violencia en toda su magnitud se hace la dueña de ese imperio llamado poder y en el cual nadie está exento de culpa y donde todos somos partícipes de la misma barbarie. La mente humana ya no conoce cánones de disciplina y en un mundo donde todo vale se acrecientan las conductas xenófobas, el maltrato y la violación de derechos en cuanto a raza, sexo y todo acto que impere por la fuerza y en contra de la voluntad de las personas. En mundos paralelos en los que muchas veces nos ha costado reconocer tanta maldad se nos hace imposible imaginar que solo el hombre es capaz de comportamientos tan deleznables. Y así como las máquinas y las tecnologías avanzan el hombre disminuye en su capacidad de ser por encima de todo. De hacer para que la humanidad prospere y de respetar a su otro yo sin causarle daño físico o mental. La persona no nace con odio en su sangre pero se tiñe de ella cuando procura llevar a cabo una contienda que solo le lleva a terrenos pantanosos. Nacerán miles de granjas de venganza hasta que la humanidad no reconozca que por medio de la violencia tiene perdida la partida de la vida. Hay que hacérselo mirar. ¿No creen?