
Cuando las naciones pierden sus raíces el hombre que las habita se torna diabólico en contra de todas esas culturas que no entiende. ¿Y por qué no lo entiende? Pues porque su deseo de cercar todo aquello que hace suyo está tan superior a él que pierde la visión de toda razón y de todo compromiso. Estamos presenciando muchas de esas maneras de hacerse con el poder anulando el sentido y la sensibilidad de las culturas, las libertades y la herencia que nos ha hecho ser lo que hoy somos. Señas de identidad de los pueblos, de las naciones que ahora se devalúan otorgando su razón de ser ante las amenazas de quienes sin derecho alguno tratan de diseñar un mundo al que no pertenecen. Como errantes en un desierto que nunca les proporcionará la victoria por la cual luchan contra sus propias sombras.