
Cuando las posaderas y los estómagos agradecidos llevan una relación perfecta es muy difícil que abandonen esa silla que les hace los amos del mundo y los reyes de mambo. ¡Cuántos se apoderan de dicho mueble y ni a porrazos se les logra levantar¡ Pero la suerte es muy caprichosa y el destino puede llegar a hacerles pasar un mal trato. Eso sí, elucubraran y retorcerán todos los argumentos que les vinculan para hacernos creer que los equivocados somos nosotros. Y ahora con la guerra y sin soldados preparados, porque desde los soldaditos de plomo de la infancia no han tenido contacto estrecho con una verdadera invasión. Menos mal que la invasión es solo de emigrantes que un día dirán: qué hacemos aquí y crearán su propio país sin que nadie los detenga. Igual que abejas en panal de rica miel, como lo es el Congreso de los Diputados, y que a todos mantiene el dulce sabor de echar mano de lo que sea y si sobra algo también para ellos. Las mentiras caen desde el techo a la primera declaración de los asistentes que más tarde corroboran sus deslices con toda una serie de dimes y diretes que estropearán más el problema. Con las narices encendidas y la gargantas rasgadas de tanto griterío nadie se salva del espectáculo. Pero las sillas están ocupadas, igual que los pisos de quienes trabajaron toda su vida para hacerse ese refugio a la hora de jubilarse. No importan las personas, solo los logros. Y esto es mucho más grave que un guerra.