
Ser imperfecto es ser nosotros mismos. La imperfección es la huella que nos identifica de los demás haciéndonos auténticos. La perfección no existe. Ser imperfecto no es un problema, castigarse por ello sí. No se puede llegar a la imperfección sin al menos haber cometido un error, ya que un error es la oportunidad que se nos brinda de hacerlo de otra manera. Cuántos son los que caminan en busca de esa perfección y pierden sus días como el agua que se escurre entre nuestros dedos. Quizás lo que es imperfecto para unos para otros no lo es. Ahí encontramos la diferencia entre aquellos que no se conocen a sí mismos y los que miran a su alrededor para no cometer error. Arduo es el el futuro de los que creen gozar de esa perfección que cada día recorta la verdadera belleza de su yo más profundo. El vacío, ese espacio frente a mí que susurra y complace. Sonriendo asiente con su enorme belleza y sin cuestionar la perfección de lo que ve. Solamente se siente y hace que no renuncie a esas experiencias que me piden poco, que me piden una pérdida de amplitud porque mi espacio es suficiente para abrazar ese vacío, ese elogio a la no dualidad de las cosas ni de las personas. Somos únicos e imperfectos. El trato diario con el vacío es dejarse instruir por el mismo vacío.