
Encontrarse con un lienzo de esta categoría nos haría replantearnos la frágil visión que se tiene del valor de la vida. Años ha necesitado la tierra para llegar a formar tal bello paisaje y sin embargo la humanidad hace todo lo contrario. Construyen armas para destruir. ¿Destruir el qué? Si atacamos a la otra mitad nuestro espacio desaparecerá con todos. Las barrancas son los despeñaderos que nos dirigen al precipicio pero hay tantos que no entienden algo tan sencillo. Remotos sueños que circulan por sus cabezas y que a costa de lo que sea están dispuestos a hacer caer la otra mitad del mundo. Una sola mitad no se sostiene. Igual que una mesa con dos patas y hay que estar muy tocado para que eso sea creíble. La fugacidad de la vida no nos da margen para llegar a donde muchos quieren llegar. Aún no hemos dado el primer paso y ya estamos desesperados por alcanzar el segundo. El tiempo no es nuestro, es de nuestras obras y por medio de ellas podremos seguir o pararnos en seco sin capacidad de reacción. Somos nuestra memoria. Somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos que nos muestras la atrocidad del mundo para con el mundo. De la vida contra la vida y de los valores contra nosotros mismos.