
Estamos viviendo una época de reencuentros porque el mundo se ha ido descolocando paulatinamente echándole la culpa al cambio climático, a las guerras y a toda una serie de excusas que van haciendo mella en la capacidad del hombre para avanzar, para ser humano. Para descubrir y como no para abrirse a los demás sin ningún motivo aparente. Solamente porque no desea estar solo. Existen imperios de la negación hacia lo humano, hacia lo sensible y hacia todo aquello que, porque no nos gusta intentamos eliminarlo. El odio y la sinrazón han tomado el mundo y hacen de él su vasallo. No tenemos derecho a nada pero sin nosotros la vida es imposible. Todos necesitamos de todos para ser aquello por lo que luchamos, creemos y sobre todo valoramos. Se habla mal del que toma decisiones drásticas frente a conflictos adversos, pero no somos capaces de hacerlo por nuestra propia cuenta. Reencuentros que a diario se convierte en el hilo conductor del fin de una separación dura y penosa a la que llegamos de la mano del miedo. ¿Porqué somos así? No tenemos respuesta porque no la buscamos. Es más fácil romper al destino que crear superficies para caminar. Es más divertido doblegar al que nada tiene que procurarle un bienestar. Los bancos de los parques están a diario ocupados de personas tristes, solas y confundidas. Encontrar a alguien que de verdad haga algo por nosotros no tiene precio. Y así se escribirán miles de historias en estos días de otoño. Mientras los parques se desnuden frente a nosotros quizás podamos escuchar a algún cisne negro que se deslice por el agua con su nostálgico sonido.