
La guerra siempre ha sido un tema que ha sacado mucho rédito a aquellos que gustan favorecerse de las desgracias y elevarse en pedestales de barro para contemplar al mundo desde arriba. Siempre hay algo en la vida si estamos dispuestos a explorarla como un misterio sagrado. El poder y las creencias incitan a ellas. La vida y lo que crees están determinados por la conciencia de los que necesitan creer porque carecen de la misma. Hemos visto multitud de guerras desde que el mundo es mundo y todas ellas han terminado de la misma manera «haciendo daño». Hoy observamos una manera nueva de cometer este conflicto. Ya no se trata de honor, ni tampoco de justiciaa, solamente impera el poder de la destrucción. La guerra de Trump es el más claro ejemplo de tener para destruir. No importa el costo solamente impera el ser considerado como el único que es capaz de lo que está haciendo. Enfrentar al mundo contra el mundo. Al hombre contra el hombre. Ya no hay guerras de papá, ni tampoco de opinión. Vivimos en un mundo donde el hombre se ha quedado mudo y al que aún conserva un poco de voz lo amordazan. Una sociedad donde nos creemos todo lo que nos dicen y aún así seguimos creyendo. No es justo ser mentiroso, ni cojo ni parlanchín. Las creencias son arrastradas por las tierras, lodos y sangre de otros ya que nunca ensuciamos nuestras propia botas. La guerra de Trum es el complejo paisaje emocional de la naturaleza humana. Atreverse o morir.