
NADA común se me antoja al contemplar esa mirada curiosa. Me recelas y me encariñas con tus antojos, con tus insinuaciones. Más allá de todo contratiempo, de toda tristeza, te encuentro a ti que sabes muy bien lo que pasa. Sin saberlo, sin hacer ruido siempre aciertas donde debes colocarte. Pavarotti canta desde su jaula mientras que tu deambulas feliz junto a mis pies. ¡Qué lejos están esos seres que presumen de poseer la verdad mientras su rostros se acartonan almacenando odio y soledad! La naturaleza de las cosas es eso, «natural» y como es de esa manera lo postizo siempre sobra. Mochilas cargadas de trapos y de recuerdos que te hacen ir cada vez más despacio y tú sigues creyéndote el único, el universal. No hay nada mejor que tu compañía, mi gata, mi Princesa Negra, que llegaste un día a ese lugar que era tuyo porque jamás te habías ido de aquí. Las razón no la encontramos en ninguna parte, pero sé que existe, igual que todas las cosas limpias y transparentes donde los desagravios y las humillaciones no pueden tener cabida. Ya nada común se me antoja al verte, al tenerte junto a mí cada mañana valorando la cálida sencillez de tu incondicional cariño.