
Parece imposible que el tarareo de la tan manida canción «Vamos a contar mentiras» discurra de boca en boca para hacernos daño. ¿Cómo todavía escuchemos decir tantas tonterías baratas cuando los papeles están sobre la mesa? Somos como infantes de cuento inacabado donde la pesadilla se hace interminable y el mensaje didáctico es ya imposible. No hemos progresado y hemos gastando cuatro maravillosos años creyéndonos los mejores y haciendo acopio de cuanto hemos podido trincar. Infravalorando a la sociedad y haciéndole creer que todo estaba bien y que estábamos creciendo a velocidad de crucero. Nos encontramos al borde de un acantilado a la hora de una toma de decisiones que hará depender nuestro futuro los próximos años y aún así todavía hay quienes creen en promesas de cartón que con las primeras lluvias quedarán en nada. El que no arriesga no gana. Demasiadas mentiras que han hecho que el saco se rompa, la ilusión se seque y el futuro esté hoy por hoy en manos del azar. Desde arriba nos negamos a creer lo que estamos viendo y solo es cuestión de usar la razón para saber que posibilidades hay muchas pero no con los mismos materiales. Porque el ser humano es mucho más inteligente de lo que creemos, a pesar de dogmas, de siglas o de colores. Nada se esconde detrás de un anagrama cuando la razón y las buenas intenciones hacen depender el futuro de un país. Ya no se cree en la política, solo se vive de ella y eso es un error lamentable.