Estamos trabajando desde la observación en descubrir todo aquello que no tiene contenido e incluso que está vacío. Por otro lado el aburrimiento de contemplar día a día una procesión de hechos que nos mantienen anestesiados frente al mundo y sus circunstancias. Trasparencia que vemos en todas y cada una de esas lamentables palabras que intentan consolarnos haciendo aún más penosa la vida. Valores que ya carecen casi de valor porque han desnudado tantas y tantas ilusiones de muchos y ahora se sienten cada vez más vulnerables. Comprar votos, diversificar procedimientos judiciales, imponer decisiones e infravalorar el trabajo de algunos que hoy por hoy forman parte de nuestro país, de nuestras comunidades autónomas y sobre todo de nuestra seguridad. La imposición es deleznable y más aún cuando dicho imperativo está sujeto a circunstancias personales propias. Un compromiso moral que se diluye entre los escaños del Congreso y la mala educación de quienes están en sus asientos. No tratemos de enmendar decisiones incoloras para hacernos los buenos. Crear sociedad desde estos lugares es rendir pleitesía a aquellos que creen en ellas. Abuchear decisiones que escucharon en su adolescencia de boca de sus educadores y progenitores pero que hasta ahora no sabían ni como pronunciarse. El «ser más» aunque sea una barbaridad es lo que alimenta a los individuos de hoy. Si somos depresivos y excluyentes en las relaciones con los demás creamos una sociedad enloquecida. Nos enseñan a ganarnos la vida pero no a vivir. La verdadera educación consiste en cambiar al ser humano interior. Conocerse a uno mismo es la base para relacionarse. Así evitaremos seguir alimentando al mundo con el veneno de las organizaciones separatistas. Sócrates dijo: No puedo enseñar nada a nadie. Sólo puedo hacerles pensar». Eso es mucho más difícil.