
«Una gran filosofía no es aquella que se instala en la verdad, es la que produce una inquietud»
La libertad no es un estado de no dependencia, es un estado positivo en el cual no hay ninguna dependencia. Todos vivimos dependiendo siempre de algo, pero ese algo no es el que nos salvará sino más bien nos condicionará para el resto de nuestros días. Habitamos en un mundo casi irreal de connotaciones muy fuertes y de autoestimas muy bajas. Paralelamente a nosotros se crean submundos a los que no estamos acostumbrados e intentamos vivir ajenos a todos. Ni somos capaces de ponernos de acuerdo para formar un gobierno y sin embargo nos creemos los ombligos del mundo. Allá quedaron los Pedros y los Pablos de Piedradura que tanto nos hicieron reír en nuestra infancia. Los de hoy son seres complejos que se perdieron en su afán de poder y que todavía a estas alturas no se han encontrado. En el rin de las políticas, de los gobiernos, de la economía y de todo aquello que signifique lucha y enfrentamiento, allí está el hombre. Ese que se pierde cada vez que aspira a más y que ofrece menos. Las cadenas de hombres sin tierra culebrean por las fronteras de Europa y la llamada «sociedad pensante» escurre el bulto. Pronto llegará la primavera y la luz volverá a brillar. Atrás quedarán familias rotas, niños sin futuro y ancianos olvidados. Todo hace presagiar que la frialdad del momento continuará exhalando su helado aliento sobre los más indefensos.