Árboles de fuego.

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Así, sin decir nada me sorprendías esta mañana de julio. Sobre el asfalto de la ciudad y con una cargamento de cuestiones en la cabeza me regalabas toda tu fuerza en un rincón del puente. Tal vez porque tuve que pasar por allí, ahí estabas. No encontré respuesta a la sorprendente ternura de tus ramas y al fulgurante hechizo de tu color rojo. Hoy somos algo que ya se  hace historia pero el guiño de la espontanea presencia de tu cuerpo eclipsó por un instante todos esos acontecimientos que yacían anclados a mi agenda. ¿A cambio de qué? A cambio de nada. En realidad no tenemos más que el momento presente.

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