La inquietud de sus olas me arrastró hasta perderme en la horizontalidad de su bravura. Como si Neptuno estuviera furioso hacía saltar su espuma hasta los límites de la costa. Miles de objetivos trataban de inmortalizar aquella danza contra el viento. El litoral de Martiánez en el Puerto de la Cruz el sábado pasado se despertó con el rugido del océano, mientras alguna gaviota aventurera intentaba simular su destreza frente al oleaje. Somos tan pequeños ante la magnificencia de esa naturaleza que nos asombra y nos embriaga hasta hacernos vulnerables. El sonido del mar es una danza que no a todos les hace sentir las mismas sensaciones, pero que a la gran mayoría conquista. Junto a ese océano somos como ese grano de arena que rueda por la playa y que sin él y otros muchos cientos de miles la grandeza de su olor, la frescura de su sal y el canto de su concierto no llegaría hasta nosotros.