A los ojos del mar

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Frente a la horizontalidad del infinito nuestra mirada se pierde pero no se confunde. Somos conscientes de que lo que estamos observando es el limite y detrás de él no termina lo que llamamos infinito. El pez volador nos enseña sus dientes sobre ese poste de hierro forjado que llaman escultura y donde la raíz del tiempo se detiene a la vez que se traduce en lo que verdaderamente somos. Minutos de vida en la inmensidad del universo.  Y el mar, ese océano que me enamora y me aterra en su bravura hace de alfombra azul en ese deseo incesante de volar, de abrirse camino y descubrir. Encerrados en los límites de mi isla siempre trato de hacerme un hueco en esa mirada incesante que no rehúye a las distancias y que a su vez recorta espacios inmensos a la hora de perderme en él. Pero el pez volador sigue ahí frente a los ojos del mar que se entristece en esta tarde de abril pero que sabe esperar reposado y calmo a la llegada de días de sol y de apertura a otros espacios y a nuevas sensaciones.

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