Acariciando enero

Por mucho que el hombre intente superar a la propia naturaleza no demasiadas veces podrá conseguirlo. Cuando se está seguro y nuestra convicción de ello así nos lo muestre podremos convertirnos como los almendros en flor que cada año abren sus mejores lienzos para nosotros. A pesar del crudo invierno en el que pocas veces la naturaleza se nos muestra tan incondicional, deberíamos doblegarnos a ella porque en realidad en poco podemos superarla. Hoy los almendros están deslumbrantes frente a nuestros ojos y los tallos de cada uno de ellos se nos muestran fuertes por la seguridad que irradían y la sutileza con la que se nos hacen únicos cada año. Y así es como debemos observar la vida, con fuerza y con arraigo. Con seguridad y con porte a pesar de las circunstancias. Todo lo demás es como un barniz y que con el tiempo dejará ver nuestras propias raíces. Acariciando sentí la esencia pura de lo que subyace y que muy pocas veces nos percatamos de ello. Envueltos en la bruma de la tarde los almendros de Santiago del Teide en Tenerife cumplieron con la tradición de hacerse ver cuando el hombra más necesita que le escuchen.

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