
No por eso deja de ser curioso el que todos estemos creando un ambiente de miedo por las influencias a las que nos vemos sometidos cada día. Miedo sensación desagradable frente a lo desconocido. Los torrentes de información alimentan las páginas de las noticias con el fin de ser el que más miedo nos cree. Esa arma de doble filo que muchos utilizan para hacernos creer que todo está bien o que sus afirmaciones son las verdades que estamos deseando escuchar. Y yo frente a tanta absurda obediencia de quienes contemplamos a un mundo que se parte y se deforma añado. ¿Qué vamos a hacer con tanto emigrante que llega a nuestras costas? ¿Seguiremos dándoles amparo teniéndolos de un lado a otro de nuestras ciudades como parásitos? Hasta el punto de que albergues y hoteles llenan sus habitaciones por falta de un espacio digno. Vamos a estar colgados de las decisiones de aquellos que en nada se implican pero quieren ser solidarios. Nada de esto cabe ya en esta sociedad ambigua y taciturna donde cada vez más nos hemos ido acostumbrando a no ver niñas ni mujeres emigrantes por las calles. ¿Dónde están esas embarazadas, esas niñas de corta edad que sí que viene en los cayucos? Todo se reduce al silencio, a la mala gestión, al paseíllo por Europa y al cerrar fronteras para no implicarse en nada. Ejércitos de marroquíes, de musulmanes y de cualquier culto que se cuelan en nuestro país con un puñado de sueños o con esa condición de vulnerabilidad frente a las mafias. Avivar el miedo para no perder. ¿Perder el qué? El poder. El enemigo de todas las culturas y de todas las civilizaciones. Mirando al norte perdemos de vista el sur, menos mal que todavía no hemos abierto la caja de pandora y nos descubra todo lo que ya se ha escrito, firmado y decidido por nuestros gobernantes. A partir de ahí «no hay retorno».






















