
Eres elegante y confiada. Construyes tus nidos en los campanarios y torres. En ese acontecimiento que observamos cada año en la placida vida de los pueblos y aldeas nos enamoras cuando despliegas tus anchas alas sobre el viento aprovechando las corrientes térmicas para elevarte. Una vez que has criado a tus polluelos permaneces en el nido durante algún tiempo. Como si descasaras, igual que te tomases un respiro hasta tu próximo viaje. Porque eres poco amiga de las largas travesías sobre el mar, prefieres volar sobre las colinas, sobre las casas, sobre los ríos. Ha terminado el invierno y ya estás salpicando nuestros paisajes con su silueta. Cuando debas volver a tierras más cálidas aprovecharás el estrecho de Gibraltar para volver a África. Eres dueña de cuentos y leyendas, de poetas y de pintores. Eres la reina de nuestro cielo por una temporada.
















Un blanco manto de nieve soslaya todos nuestros pesares cuando los ojos se asombran y el pulso se acelera. En lo más alto, allí donde los más atrevidos osan llegar nos encontramos con la magnificencia de esa natural belleza que nada tiene que envidiar a otros paisajes. Desde el Refugio del Teide deslizamos nuestra mirada en un arpegio de blancos cristales y rocas de lava. Nada nos hace sucumbir ante la brillante composición que ese día ha creado para nosotros.


Majestuoso. Así se nos mostraba «El Gigante silencioso» el pasado fin de semana. Atrayendo las miradas de cuantos subieron hasta allí y los que simplemente le observaron desde los diarios. Sol en las playas y nieve en las cumbres es la estampa que nos presenta hoy frente al mundo. Mirando hacia todos los rincones de la isla y visible desde el cielo es este Gigante que a nadie pasa inadvertido y al que muchos creen el ojo que Canarias tiene bajo las nubes. Foto de Rafael Barreto.