
La sociedad se ha instalado en una especie de miseria personal donde la calidad de las personas nos resulta a veces sospechosa. Subir es el deporte por antonomasia que se impone en casi todos los ámbitos. Ganar a costa de lo que sea. Sin importar consecuencias y haciéndonos reyes sin patria a la menor de cambio. ¡Como nos cuesta tener que bajar!, cuando ya estamos tan a gusto disfrutando de unos placeres adquiridos (no siempre legalmente) para convertir nuestra vida en ese paraíso soñado pero no real. En la vida hay muchas escaleras que se suben con facilidad. Otras nos imponen mayores esfuerzos pero al final lo conseguimos. Luchar contra una escalera es tarea de sabios y no de cómodos, porque estos últimos ascienden sin darse cuenta ni de los escalones que han tenido que sortear. En esta tragicomedia que vivimos hoy en casi todos los ámbitos salen a subasta las mayores locuras que nos llevan las manos a la cabeza. Esa miseria material es indigna a la condición humana y es función del Estado solucionarla. Pero en éste también existe la miseria humana o personal, donde la carencia de sentimientos infravalora la acción de los mismos haciéndonos a todos víctimas de tan deleznable enseñanza. Subir con y no a costa de los otros. Bajar hasta donde la horizontalidad de lo precario es el fruto de nuestras acciones y desde donde puede crecer la calidad de las personas.
















Quizás estemos acostumbrados a deambular por este mundo sin percatarnos de que son muchos los ojos que nos observan. Desde el más bello rincón del parque hasta el microchip más sofisticado se mueve al unísono que nosotros robándonos la intimidad. Estamos ya cansados de escuchar que las paredes del mundo son de cristal y los oídos como verdaderos altavoces que se quedan con nuestras palabras. Pero también hay que vivir y no estar siempre en esa agonía del acecho que nos lleva a situaciones desequilibrantes en nuestro organismo. La naturalidad es la mayor arma y si no intentamos buscar donde no existe llegaremos a esa estabilidad que nos hace la vida mejor. Los medios de comunicación acechan y quizás muchas de las cosas que hoy sepamos se las debemos a ellos, pero no quita que de vez en cuando seamos nosotros los que dictaminemos las reglas. En el medio del lago el pájaro acecha a quienes entramos en él, solamente existe una complicidad entre nosotros; el respeto y la admiración por las cosas bien hechas.


