
Asombrosamente nuestros pasos nos llevan a lugares que pareciendo inaccesibles hacen un guiño a nuestros ojos captando nuestra curiosidad. Cala, paraje recogido de la costa entre dos salientes que mece al mar con su bravura y baña de frescor sus rocas negras. Playa de Los Roques, en la costa del Puerto de la Cruz, lugar idílico para observar las puestas de sol y descorrer poco a poco la cortina de los amaneceres. Pero también lugar de misteriosa belleza que engulle al mar y sostiene con su brisa a las gaviotas. En ese libro abierto a todos los ojos que es la naturaleza debemos observar que en esas páginas está un cerebro que habla, pero si cerramos ese libro solo encontraremos a un amigo que espera. Olvidar que somos parte de ella siempre será ese alma que perdona y que siempre nos brindará una segunda oportunidad. Sin embrago si destruimos a esa obra nos daremos cuenta de que esa naturaleza llora y se deshace frente a nosotros. Merece la pena conservarla.









Cuando el Sur está tan cerca e intentamos atraparlo con la mano. En la vertiginosa ladera de las montañas ese «Sur» que se nos antoja lejano se despereza frente al mar. Un mar de finales de marzo que no sabe con qué quedarse, si con el invierno o con la primavera recién estrenada. En su dilema muerde las playas de arena negra que toman el sol de sus mañanas y se embravece con la caída de la tarde. Distinto aunque es el mismo mar que rodea la isla y que a su vez marca esa diferencia mínima que le caracteriza del Norte. Como una plegaria al sol riza sus olas con el peine de la brisa y la carretera serpenteante nos lleva muy lejos, hasta donde la mirada alcanza. En ese juego de luces, de cercanías, de espumas y de viento el objetivo de mi cámara inmortaliza el instante perfecto en el que mis ojos lo descubrieron .» Disfruta de las pequeñas cosas, un día te darás cuenta de que son grandes y te llenarás de orgullo».








