
El destino es bien capricho. Nunca sabemos si de verdad se cumplirán nuestras expectativas de cumplirlo o por el contrario aparecerá ese sendero que nos confunda y nos lleve por otros derroteros. Pero el destino a veces nos parece absurdo y juguetón y aún así está cimentando los siguientes pasos de nuestra vida. Un encadenamiento de sucesos que conformarán nuestro futuro y nuestra forma de ser. Como si la conciencia de uno mismo se pusiera a trabajar para nosotros y lo importante no es lo que nos hace el destino sino lo que nosotros hacemos de él. No es lo que experimentamos sino como percibimos lo que experimentamos que determinará esa estación sin nombre llamada «destino»






















Estamos en época de vacaciones y los pequeños cargan con sus mochilas repletas de ideas que han ido fraguando a lo largo del inviernos. Algunos escaparán a esos campamentos donde la naturaleza y el compañerismo se hermanan, otros lo harán con familiares y amigos. Un buen mapa y toda la ilusión del mundo nos pueden hacer vivir aventuras extraordinarias y aprender que existe algo más allá de la puerta de nuestra casa o del pupitre de la escuela. Cualquier tiempo para vivir es bueno siempre y cuando lo organicemos adecuadamente, de lo contrario podemos pasar momentos desagradables. Si no conocemos la zona a conquistar siempre tenemos que estar con un adulto preparado para cualquier contingencia. Pero a veces los chicos son mucho más prudentes que los mayores. Días de esparcimiento y diversión a la orilla del mar, en el monte o en el pueblo de los abuelos, donde tantas cosas tendremos que contar a nuestros compañeros y desde donde, sin darnos cuenta de ello, se irá modelando nuestra forma de ser.