
El hombre de nuestro siglo se ha convertido en un ser solitario. Marcado por un proceso de vida y de costumbres que le han condicionado a la hora de relacionarse con los demás. Somos extraños en un mundo cada vez más acomplejado por las directrices de la publicidad, la competencia y los valores no humanos sino económicos. Cada día hay más pobres y en cada pobre encontramos la avaricia de un rico. Ostentosa civilización donde el señor dinero es el amo de todo y, salvo excepciones, cuanto más se tiene más se desea. Bajar a ras de la calle resulta muy difícil para aquellos que siempre han estado del tercer piso para arriba. Transeúntes que se cruzan y no se miran a una velocidad de vértigo en la que el sosiego y la paz están desterradas. Hoy las paredes exteriores de los edificios se cubren de verde porque ya no se sale al campo a disfrutar con la frecuencia que se debería. Individualismo y sociedad no se pueden fusionar jamás porque todos dependeremos siempre de todos para ser más ricos y por desgracia para ser más pobres.













Un blanco manto de nieve soslaya todos nuestros pesares cuando los ojos se asombran y el pulso se acelera. En lo más alto, allí donde los más atrevidos osan llegar nos encontramos con la magnificencia de esa natural belleza que nada tiene que envidiar a otros paisajes. Desde el Refugio del Teide deslizamos nuestra mirada en un arpegio de blancos cristales y rocas de lava. Nada nos hace sucumbir ante la brillante composición que ese día ha creado para nosotros.


Majestuoso. Así se nos mostraba «El Gigante silencioso» el pasado fin de semana. Atrayendo las miradas de cuantos subieron hasta allí y los que simplemente le observaron desde los diarios. Sol en las playas y nieve en las cumbres es la estampa que nos presenta hoy frente al mundo. Mirando hacia todos los rincones de la isla y visible desde el cielo es este Gigante que a nadie pasa inadvertido y al que muchos creen el ojo que Canarias tiene bajo las nubes. Foto de Rafael Barreto.

