
Monasterio de Montserrat al fondo
Las montañas son las cinceladoras del paisaje. Entre ellas cabe todo y desde ellas podemos alcanzar las cumbre más altas y empinadas. Su misterio solamente les pertenece y a veces nos recuerdan que son infranqueables. Recogido entre sus brazos de este macizo catalán encontramos al monasterio de Montserrat que disfruta de esa paz que solo las montañas pueden dar. Pero también son mucho más que el bucólico mensaje de su presencia inmutable. Unos las definen como las manos del cielo y otros las simbolizan como algo natural que emana de la vida y se erigen como guías frente a la confusión, el desorden y las creencias. Unas son sagradas y otra en cambio adquieren notoriedad solamente cuando se dejan escalar. Pero la dignidad de las mimas, ya sean grandes cordilleras como el Atlas o pequeños macizos como el Naranjo de Bulnes. Pero la montaña de Montserrat esconde su misterio. Se han descubierto entre sus rocas conchas y diferentes vestigios acuáticos como si una inundación planetaria hubiera sucedido en tiempos remotos. Además desde sus parajes se ha vivido el avistamiento de ovnis. Paz y emoción unidas al gusto por lo natural y también por lo desconocido.











La vida es un proceso de retos y de respuestas. Nuestra inteligencia adviene con la sensibilidad y la observación de dicho proceso. Escuchar es una de las actividades más difíciles que existen. Oímos pero no escuchamos nada de lo que acontece a nuestros alrededor. Se nos escapan sensaciones únicas porque existe en nuestras vidas un presente activo, no hay pasado y lo que se escapa se pierde. Y es ahí donde la creación nos enseña, en su final, la continuidad de la misma. Como el agua que brota de la piedra y luego vuelve a deshacerse sobre ella creando la profunda sintonía de la permanencia. La maravilla del hombre es lago oculto. Todos nuestros intereses son visibles. Por tal motivo debemos emplearnos en nuestra innata ignorancia, ya que mediante ella podremos hacer nacer la sabiduría en nuestras mentes. Desde dentro de nosotros mismos, tras los muros de esa ciudad que nos envuelve están nuestras fronteras personales. Separar con nuestras manos esa agua cristalina donde podemos contemplar ese sentido de permanencia y sosiego al comprender la verdadera naturaleza de nuestros deseos.
Foto: La Razón.







