
Foto: Cañón y Castillo de San Felipe, Puerto de la Cruz, Tenerife.
Con el paso del tiempo terminamos por admitir la gran sabiduría que oculta la cadena sutil de acciones que nos conducen a un destino u otro. Dicha cadena a veces se teje con sucesos inesperados que nos empujan a protegernos frente a las adversidades. «Sólo lo inesperado es real» Las grandes urbes de hoy, habitadas por comunidades comprimidas que han dejado de soñar, de descubrir y por supuesto de ser creativas. Una identidad asociada al patriarcado, predominio del pensamiento y del control y la búsqueda de una seguridad efímera basada en el dinero y el placer. Hemos tapado los ojos a esa mirada más allá de la visión instantánea donde es la mente la que califica y cuantifica nuestras acciones y nuestras éxitos. La seguridad no existe como creemos, solo hay que conquistarla día a día. Las fortificaciones, las alambradas, los muros de vergüenza que el mundo ha construido no conducen a nada porque el control termina siempre cediendo a la natural existencia de las cosas. La misma naturaleza está en constante interrogación con nosotros. Pero las naciones no dicen nada y las guerras se suceden y los intereses crecen. ¿Seguiremos sin decir nada? El mundo se deshace entre nuestras manos y lo vemos todo tan lejano a nosotros, pero las redes de la humanidad están mucho más ligadas de lo que creemos y al final todo se comunica; y el único que saldrá perdiendo como siempre el hombre.
















Cada persona se traza unos objetivos en la vida según quiera ser feliz o no. Recorrer el mundo y descubrir nuevos paraísos es una aventura que muy pocos consiguen llevar a cabo. Hace falta decisión y mucho arrojo para saber sondear y estructurar ese viaje y encontrar asimismo los lugares donde fondear el barco. Hace unos día vivimos en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife un encuentro de barcos veleros de todo el mundo. Preciosos diseños de última generación que nos acompañaron durante un paseo por la dársena pesquera del muelle. Pero de entre todo hubo uno que me llamó poderosamente la atención. Esta casa sobre el mar, donde las macetas de flores decoraban sus pasillos y donde la tenue luz de la tarde enmarcaba un bonito velero de los que muy pocos pueden hacer orgullo de ello.


