
«Nuestra casa debe ser el estuche de la vida, la máquina de la felicidad»
Vivimos tan absortos en nuestros problemas cotidianos que apenas vemos los lugares por donde pasamos a diario. Calle de San Agustín en la ciudad de los Adelantados no reserva ese espacio donde nos podemos recrear por unos instantes de esta preciosa casa. Con su jardín y con su fuente y también con esa estatua graciosa y recurrente del niño sobre un ave. Rojo sobre blanco. Pureza y buen hacer desde el cariño de quienes la habitan. Si es tan bello viajar por el mundo y conocer a nuevas personas y lugares aprendiendo en uno mismo todo lo que se observado, cuan bello es también, llegado el día, regresar a casa. Nuestra casa es nuestro castillo y nuestro espejo porque de ella podremos dar la imagen de quienes realmente somos.




Cada persona se traza unos objetivos en la vida según quiera ser feliz o no. Recorrer el mundo y descubrir nuevos paraísos es una aventura que muy pocos consiguen llevar a cabo. Hace falta decisión y mucho arrojo para saber sondear y estructurar ese viaje y encontrar asimismo los lugares donde fondear el barco. Hace unos día vivimos en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife un encuentro de barcos veleros de todo el mundo. Preciosos diseños de última generación que nos acompañaron durante un paseo por la dársena pesquera del muelle. Pero de entre todo hubo uno que me llamó poderosamente la atención. Esta casa sobre el mar, donde las macetas de flores decoraban sus pasillos y donde la tenue luz de la tarde enmarcaba un bonito velero de los que muy pocos pueden hacer orgullo de ello.

















