
Vivimos inmersos en la tecnología más avanzada. Intentamos atrapar ese momento y el siguiente de una forma desenfrenada sin apenas dejar paso a ese instante entre fotograma y fotograma. Pero la vida se conforma de recuerdos y estos hay que digerirlos y adecuarlos para que no se conviertan en una montaña de instantes vividos y que apenas nos dejaron huella. La aceleración de la sociedad nos está haciendo pagar un precio bastante alto por todo esto y en las hemerotecas duermen instantes de la historia que aún hoy siguen vivos pero olvidados. La fotografía es vida y no un solo chasquido del disparador. Hay que dar sentido a ese segundo que quedará atrapado en la cámara. Porque son como los sueños que nunca desaparecen siempre que las personas no los abandonen.







Lyon, Francia. «El Perfume»














La noria al ritmo del tiempo, de los segundo, pero también de las ilusiones. Después de cada decepción la vida nos traza una serie de incógnitas para hacernos reflexionar sobre nuestra actitudes, a la vez que refuerza nuestros impulsos y nuestras decisiones. Llega ese momento en el que casi todo queda dicho y donde nos presentamos tal y como somos. Nuestro yo más íntimo se revela y condiciona aquellas presiones que nos han venido manipulando. Es sabio el esperar pero más sabio todavía el revelarse contra las injusticias en ese momento oportuno donde todos los condicionantes están en equilibrio y nuestras palabras en armonía. Una sílaba de más puede provocar una mala interpretación del hecho por lo que hay que ser prudentes, cautos y decisivos. Cuando todo vale no es posible la convivencia y cuando los valores de las personas son vulnerados ya no tienen cabida las horizontales aspas de esa noria gigante que «sube y baja» que «gira y gira» al unísono del tiempo y en la que todos estamos mecidos por sus cestos.