
Picos de Europa.
«El hombre es lo que cree ser, no lo que dice ni lo que le dicen». La grandeza de lo que creemos ver no es tan siquiera ni la milésima parte de lo que realmente es. Nos asomamos a ese abismo existencial donde no queda rincón que no sea parte fundamental del todo y por el que sinuosamente nuestra vida transcurre sin darnos apenas cuenta de ello. ¿Cuántos son los eslabones que no apreciamos y sin embargo estamos tan sujetos que no podríamos existir separados de ellos?. Hablamos de destino, de confluencia de los astros a la hora nuestro nacimiento y hay mucha verdad en todo ello. Aunque no lo creamos, porque somos seres incrédulos a la hora de magnificar lo que rodea nuestra vida. Y hay tanta verdad que nos perdemos entre las infinitas suposiciones que a lo largo de los días intentamos resolver. Hay un dicho muy cierto; «No intentes contar las estrellas del cielo ni tampoco las arenas del mar, solamente sumérgete en ellas y comprenderás la inconmensurable verdad de lo infinito.








Lyon, Francia. «El Perfume»














La noria al ritmo del tiempo, de los segundo, pero también de las ilusiones. Después de cada decepción la vida nos traza una serie de incógnitas para hacernos reflexionar sobre nuestra actitudes, a la vez que refuerza nuestros impulsos y nuestras decisiones. Llega ese momento en el que casi todo queda dicho y donde nos presentamos tal y como somos. Nuestro yo más íntimo se revela y condiciona aquellas presiones que nos han venido manipulando. Es sabio el esperar pero más sabio todavía el revelarse contra las injusticias en ese momento oportuno donde todos los condicionantes están en equilibrio y nuestras palabras en armonía. Una sílaba de más puede provocar una mala interpretación del hecho por lo que hay que ser prudentes, cautos y decisivos. Cuando todo vale no es posible la convivencia y cuando los valores de las personas son vulnerados ya no tienen cabida las horizontales aspas de esa noria gigante que «sube y baja» que «gira y gira» al unísono del tiempo y en la que todos estamos mecidos por sus cestos.